Sonidos que dan vuelta en u

diciembre 24, 2019
Desierto

Valeria LuiselliEn la novela más reciente de Valeria Luiselli, Desierto sonoro (Sexto Piso, 2019), hay muchos aspectos que pueden señalarse, tanto por su versatilidad, como por su ambición. Sin embargo, el eco es uno de los puntos fundamentales.

Es probable que Desierto sonoro sea una de las novelas experimentales mejor logradas que ha hecho un escritor mexicano en los últimos años. Para desarrollar la trama, Luiselli se adentra en un viaje por el territorio que antes perteneció a los nativos americanos, la llamada Apachería, y conecta el episodio con otra de sus obras, Los niños perdidos. (Un ensayo en cuarenta preguntas), pero con un enfoque mucho más literario que remite a Eliot, Pound, Andrzejewski y Golding, entre otros autores.

Según las palabras de la autora, las referencias a otras obras son “un método o un procedimiento compositivo”, pero yo extendería esta visión a todo aquello que incluye en la novela para conformar un “archivo”. A veces, por razones imprecisas, dichos elementos (fotografías, mapas, recuadros llamados “cajas” y referencias bibliográficas) son almacenados por los personajes y se quedan atrapados en la estructura de la novela, de manera que es imposible suprimir alguno aleatoriamente sin una repercusión importante.

De esta suerte, el mismo archivo (recopilado en las “cajas”) se convierte en una metáfora del eco: “Nuestras voces son como esas pelotas que rebotan mucho, aunque no puedas verlas rebotando ahora, dije. Nuestras voces rebotan en esa montaña cuando las lanzamos contra ella, y eso se llama eco”. En este sentido, el archivo es un corte en el tiempo que, al ser lanzado dentro de la caja, da vuelta en u y regresa cuando volvemos a sacarlo, pero no vuelve con todos sus elementos, sino que apenas es un fragmento a través del que la autora arma algo nuevo.

Nombrados en la novela, muchos elementos son voces que rebotan y, al hacerlo, se transforman; el Desierto sonoromero sonido de las palabras va creando mapas de nuevos territorios que escapan a las divisiones políticas del presente: “Papá alzó su copa y dijo que Arizona, Nuevo México, Sonora y Chihuahua eran nombres hermosos, pero también nombres que nombran el pasado de injusticia, genocidio, éxodo, guerra y sangre. Dijo que quería que recordáramos este territorio como un territorio de resiliencia y perdón…”

Y así como el pasado —o el recuerdo—va dibujando lugares, la novedad, en boca de los niños protagonistas, mapea de forma paralela una visión del mundo y traslapa una realidad con otra, una edad con otra. Otra vez las palabras de Memphis nos rebotan como eco: “¡Saguaro, saguaro, saguaro! / Pronuncia la palabra como si hubiera descubierto un planeta o una nueva estrella… sigue contando saguaros por las planicies húmedas, pero en voz baja, para sí misma, y su dedito pringoso deja marcas en la ventana empañada, como cartografiando lentamente la imposible constelación de saguaros.”

Entonces, el espacio y el sonido se combinan al grado de desvanecer sus límites. Al abrir, por ejemplo, la caja VI en la última parte de la novela, encontramos ecos probables e improbables que recuerdan la poesía sonora del grupo Fluxus: “Ecos de ecos: Emphis phis phis phis (…) Ecos de comida: Cromch, cromch, nosotros comiendo galletas”.

Sin duda, Desierto sonoro explota la imaginación e incluso sirve para investigar la propia creatividad, esbozar interpretaciones (o dejar de pensar en la temporalidad como una línea recta), aventurar el traslape de planos, voces, realidades y sonidos, con la certeza de que al lanzarlos al papel, siempre volverán hechos otra cosa.

Por Cecilia Santillán

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