“Llegar nunca es definitivo”: reseña de Los niños perdidos

junio 27, 2019
Los niños perdidos

La migración es uno de los temas más importantes de la actualidad, y el libro de Valeria Luiselli, Los niños perdidos: Un ensayo en cuarenta preguntas (Sexto Piso, 2016), lo aborda desde una óptica testimonial.

Tras colaborar como intérprete de niños migrantes en Estados Unidos, Luiselli se dijo a sí misma que el texto cristalizado en Los niños perdidos justificó dicho trabajo; quizá su afirmación fue más que certera. Desde el año pasado, se han publicado libros fundamentales que enfrentan la violencia del panorama nacional (dos ejemplos, #Ellos hablan, de Lydia Cacho, y La fosa del Agua, de Lydiette Carrión, analizan los cimientos desde los que se esparce nuestra crisis: el patriarcado y el narcotráfico).

Al igual que los libros ya mencionados, la lectura de Los niños perdidos no es de evasión, puesto que el lector es colocado en un ángulo doloroso e incomodo que le revela una realidad atroz.

Con una prosa franca se relata, como lo haría un escudriñador del horror, el sufrimiento de los menores al cruzar la frontera, así como la pena que los espera al otro lado: “Llegar nunca es llegar definitivo”, una cita que alude a la “Oración del migrante”.

El viaje clandestino de un niño no es la mejor opción para su familia; es, más bien, lo último que querría en el mundo y paradójicamente lo que quizá le permita sobrevivir al dolor predestinado por las pugnas entre la delincuencia organizada y la carencia de infraestructura social. Luiselli detalla que, más allá de anhelar una estabilidad económica, existe una intención sencilla: el deseo de sobrevivir.

Las preguntas que como intérprete realizó a los niños guían la estructura del libro, mientras que las respuestas recibidas colocan al lector en la posición de quien entrevista. Es decir, el observador de la impotencia o la grabadora que corre y registra el relato de alguien sin la edad suficiente para comprender lo que vive. “Las palabras que escucho en la corte salen de bocas de niños, bocas chimuelas, labios partidos, palabras hiladas en narrativas confusas y complejas”.

Si hablar del dolor es difícil para un adulto, el asunto se vuelve más complejo, más sensible, en el caso de un niño. Y en esto, en el absurdo de la vida, radica la defensa y la casi nula posibilidad de que el gobierno de Estados Unidos le otorgue protección al menor.

Las cifras que trazan el camino del migrante son espeluznantes: violaciones (80% de las mujeres y niñas), secuestros (11,333), muertes o desapariciones (es imposible determinarlo, pero se estima que ascienden a 120,000). La llegada siempre es incierta y lo único seguro es el peligro del trayecto. La autora lo dice claramente: los niños huyen de padres, madres, hermanos, amigos, policías o pandillas que los violentan de forma sistemática (suena reiterativo, pero es verdad: quedarse en casa no garantiza la vida).

Por ejemplo, en una entrevista, Luiselli permite observar el rostro de un adolescente que se empeña en mantenerse a la defensiva, único mecanismo ante la hostilidad de su hogar. Entonces, ella se pregunta si dicho rictus ya anuncia su personalidad definitiva.

A pesar de todo, antes de concluir, la autora de Papeles falsos lanza un destello de esperanza. Para ella, la docencia que informa, escucha, interroga y retroalimenta es uno de los medios con los que se puede sensibilizar y crear conciencia ante la experiencia de vida del otro: el camino para enfrentar un panorama que ya no parece sostenible desde lo individual. Así, Los niños perdidos es una llave que abre la puerta para pensar soluciones colectivas.

Por Cecilia Santillán

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