La memoria y lo minúsculo: Reseña de Una niña está perdida…

enero 14, 2019
Gonçalo M. Tavares

¿Qué pasa cuando el cuerpo nos falla? Ésa es una de las preguntas que Gonçalo M. Tavares se hace a través de su obra. Es el hilo conductor Jerusalén (la locura y la deformidad), Aprender a rezar en la era de la técnica (el cáncer y la pérdida de la memoria) y también de este libro: Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre.

Hanna, una niña con Síndrome de Down, está perdida. La han dejado en medio de una calle bulliciosa, junto con su kit de tarjetas de educación para personas con discapacidad mental. Quien la encuentra es Marius, un hombre que huye. No puede detenerse, pero ya ha visto la sonrisa de Hanna: imposible seguir de largo y abandonarla. Marius intenta sacarle información sobre sus padres, su hogar, cualquier pista que pueda ayudarle a llevarla al lugar donde pertenece. Hanna sugiere que su padre está en Berlín, así que Marius une su plan de huida a la pista de la niña y emprenden el viaje.

Tavares

Algo más digno que la compasión une a Hanna y a Marius. Él se interesa sinceramente por ella, la protege y, en ocasiones, saca fuerzas de su presencia. De vez en cuando ojea las fichas del kit de Hanna, que contienen instrucciones como: “Decir su nombre de pila” o “identificar las principales partes del cuerpo”. Sin embargo, hay otras indicaciones que atribulan a Marius, pues él mismo se cuestiona su habilidad de seguirlas satisfactoriamente. Por ejemplo: “Identificar el reloj como instrumento que sirve para ver la hora”. ¿No sería más justo que el paso del tiempo dependiera de nuestro esfuerzo, en tanto animales que tenemos un cierto objetivo?, piensa.

Evidentemente, Marius sobreinterpreta y ésta es una de las reflexiones centrales del libro: ¿qué tanto nuestra capacidad intelectual es una limitante? No una fuente de certezas, sino de miedos que nacen de imaginar cada cosa que podría ser “mal” y de sufrimientos por todo aquello que es incorregible. Las limitaciones intelectuales de Hanna no causan lástima, sino envidia. Es un ser que no tiene forma de enterarse de la crueldad del mundo; vive en un olvido dichoso y su bondad ingenua devela la perversidad de quienes la rodean.

El mal y la memoria son obsesiones del autor que también aparecen en el libro, y la manera original que encuentra para tratar estos temas, sin caer en lugares comunes, es sorprendente. El mal es Josef Berman, un fotógrafo obsesionado con retratar personas con Síndrome de Down. El mal es un ojo que mira con morbo, sin compasión y sin ver a los individuos detrás de una discapacidad compartida. El mal también es Agam Josh, artista que ha entrenado a su ojo izquierdo para escribir y dibujar a escala milimétrica, imperceptible a simple vista. El mal es un ojo imposibilitado para la luz y la percepción de los espacios grandes y abiertos, pero bien calibrado para la escritura engañosa.

G. Tavares

En cuanto a la memoria, Tavares parece estar en contra de la cantaleta pedagógica moderna que no se cansa de decir que enseñar a memorizar a los niños es una pérdida de tiempo. Hanna y Marius conocen a un hombre que les confiesa que hay siete judíos esparcidos por el mundo, cuya única tarea es memorizar diferentes fragmentos del siglo XX. ¿Qué implicaciones tiene poner nuestra confianza en documentos oficiales, cifras que se pueden consultar? Hay datos que no quedarán en los archivos, y para ello necesitamos que el alma de algunos hombres esté dedicada a memorizarlos. La memoria también es Fried Stamm, quien está en una lucha por hacer que la gente disminuya la velocidad a la que vive, una que no la deja darse cuenta de nada ni pensar. Quiere que la gente se detenga, recuerde hechos, tome conciencia de ellos y acciones en consecuencia. Muy al estilo de la conclusión de Ray Bradbury en Farenheit 451, Tavares sugiere que la memoria es una vía para la salvación.

Otra vía podría estar en las pequeñas tareas mecánicas y repetitivas –y no en las grandes ideas intelectuales–. Tareas como la que lleva a cabo Vitrus, el anticuario, quien continúa la labor, empezada generaciones atrás, de escribir consecutivamente los números pares hasta cifras impronunciables. La cadencia, concentración y aislamiento requeridos envuelven dichas tareas en un aire místico, que obligadamente aleja a los ejecutantes de los grandes acontecimientos del siglo, proveyéndoles una paz privada, minúscula pero suficiente.

La forma fragmentaria de la novela la hace veloz y convulsa, como es nuestro siglo, y el lector padece con Marius el frenesí y la frustración de vivir en tiempos así. La luz al final del túnel propuesta en esta novela es tan demencial como esperanzadora. En un momento, Hanna y Marius son devorados por una manifestación espontánea, y sus manos se separan con naturalidad, casi con ternura. Están cobijados por la comuna, son parte de la humanidad que sabe que debajo de toda esta locura, está nuestro instinto de conservación, la intuición del mundo, el inconsciente y la memoria colectiva. Y un día, sin planearlo, esos mecanismos se activarán y saldremos en masa a la calle, a reclamar la abolición de las formas indignas del mundo.

 

Por Gabriela Solis

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