Kentukis: una viaje a la intimidad ajena

septiembre 11, 2019
Furby

¿Qué es un Kentuki? ¿Un juguete? ¿Un robot? ¿Un peluche? Por lo regular, los muñecos
son objetos lúdicos. Sin embargo, no puede decirse, con seguridad, si los Kentukis también
lo son.

En muchas ocasiones, dentro del género de la ciencia ficción, se nos han revelado las maravillas del progreso. Y en incontables ocasiones se ha hecho desde una postura crítica. Kentukis, la novela más reciente de Samantha Schweblin (publicada en México por Random House), no es la excepción. La trama se arma, a su vez, de un racimo de historias que en ocasiones no se relacionan entre sí, salvo por la presencia de los Kentukis, pequeños animales de juguete a los que un ser humano comanda desde una ubicación desconocida. Este aparente milagro de la tecnología es puesto en duda por Schweblin y lo hace, precisamente, a través de las acciones de los robots.

Kentukis
En una comparación mundana: estos dispositivos son un recuerdo de los Tamagochis (o bien de los Furby), puesto que simulan la vida de las mascotas. Pero nadie debe dejarse seducir por esta similitud absurda: la escritora argentina propone una relación mucho más rica y compleja que aquella limitada a la interacción de alimentar y limpiar las heces de una calculadora.

Antes de remitirse a los dispositivos de Taiwán, uno podría ir más lejos y recordar un clásico de Philip K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? En la última parte de dicho libro, Rick Deckard, el personaje principal, deambula en la frontera de Oregón, donde ya no queda el rastro de ningún ser vivo. Para su sorpresa, encuentra a un sapo que le devuelve el júbilo. Ya en su casa, mientras cuida al animal, Deckard descubre que no se trata sino de otro mecanismo diseñado para comportarse como un animal. En este escenario, el anfibio es un recordatorio de que la naturaleza y el artificio conviven en este mundo.

Desde la mirada atrapada de un Kentuki, Schweblin habla: “Había bosques y montes que empezaban a unos metros de esa gran habitación donde los habían hospedado, y la luz fuerte y blanca no le recordaba en nada los colores ocres de Mendoza. Eso estaba bien. Eso era lo que había querido desde hacía unos años, mudarse de sitio, o de cuerpo, o de mundo, lo que fuera que pudiera virarse”.

Samantha
Schweblin combina el avance tecnológico con la angustia existencial y le añade la pueril de los muñecos vivientes, anónimos, que espían la intimidad ajena. Sobre esta cuerda floja se desarrollan pequeñas historias inclinadas hacia la perversidad o la filantropía. Así, un Kentuki puede ser el ojo del voyeur cuando accede a la carne tibia de un grupo adolescente o aquel que descubre atrocidades y decide volverse un héroe.

La autora, entonces, nos recuerda que siempre caminamos sobre el límite entre el bien y el mal, lo privado y lo público, la desolación y la compañía; por ello, a veces, hay actos que se derraman y participan de los dos extremos, aunque la vida, en apariencia, sea más sencilla cada día. Dicha sutileza es la firma que cuelga de la obra de Schweblin y que muchas veces cruza por el rabillo del ojo, ahí, en los pequeños detalles donde el diablo acecha.

Por Cecilia Santillán

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