Bertolucci: de la violación entendida como ¿una de las Bellas Artes?

noviembre 27, 2018
Maria Schneider

A propósito de la muerte del director, Bernardo Bertolucci, sucedida ayer en Roma a sus 77 años, recordamos no sólo una de sus obras más controversiales: Último tango en París, sino también el libro de Thomas de Quincey, Del asesinato entendido como una de las Bellas Artes.

La premisa principal del libro de de Quincey parte del hecho de que, si bien, el homicidio constituye un hecho inmoral, que reprobarían todos y cada uno de los filósofos que han escrito sobre ética, el acto debería ser considerado más allá de la moral y ser apreciado por sus dimensiones estéticas, es decir, por la belleza que puede generar para el espectador.  Para algunos podrá ser sencillo adivinar la paradoja de dicha tesis, pero para otros, no tanto.

Si pensamos el Arte como el terreno de la ficción por excelencia, donde todo es producto de la imaginación de un autor, la idea de Thomas de Quincey parece alcanzar cierto terreno confiable, sin embargo, dado que la realidad y la ficción muchas veces tienen límites difusos, se corre el riesgo de embellecer y, por lo tanto, aplaudir, algo que quizá no deberíamos, por la siguiente razón:

Bernardo Bertolucci

 

Si bien para el caso de Bertolucci no hablamos de un asesinato, sí lo hacemos de un caso igualmente aberrante: la violación, que no es sino otro tipo de anulación de la existencia y de la voluntad. Último tango en París fue una de las más grandes creaciones del director italiano, una cinta que muestra distintos niveles de violencia y abuso de poder, pero sobre todo, la famosa escena de la mantequilla, donde Marlon Brando y María Schneider aparecen en el piso con una barra de dicho producto.

Como afirmó la actriz, que en ese entonces tenía 19 años, la ocurrencia de Bertolucci y Marlon Brando no estaba en el guión; pues surgió mientras ambos desayunaban la mañana antes de la filmación, estos hombres tuvieron un “chispazo de lucidez” y decidieron ejecutar la brillante idea sin consultar a María Schneider.

El resultado fue un gesto de humillación auténtico que el director de cine definió dos años después de la muerte de la actriz, en términos de: “Me siento culpable, pero no arrepiento. En las películas, para obtener algo creo que tenemos que ser completamente fríos. No quería que María fingiera su humillación, quería que María sintiera, no que actuara.” No obstante, la vanidad de Bertolucci dejó secuelas psicológicas muy fuertes en la artista, quien nunca superó esos escasos minutos; a diferencia del director, quien siguió con una carrera brillante con la que, seguramente y sin proponérselo, dejó claro que no es necesario cometer un delito, ni humillar, ni hacer añicos la vida de una mujer en busca de la perfección.

Y bueno, pues Bertolucci dejó verdaderas películas de alto nivel como Novecento (1976), El último emperador (1987), El pequeño buda (1993), Tú y yo (2012) y una bastante buena: Los soñadores (2003). Pero la moneda sigue girando en el aire y el debate abierto: ¿Necesitamos actos reales de crueldad para hacer arte?  ¿Qué se puede y qué no se puede estetizar? O, en todo caso, ¿cómo? ¿Por qué parece que un libro escrito en 1827 sigue teniendo vigencia? Con esto me refiero, no a que en verdad Bertolucci haya leído a de Quincey, sino a que la idea estuviera en su mente  y no alcanzara a repudiarla. Y la última pregunta, no menos importante: ¿Podemos creer en la justicia?

The dreamers

The dreamers

Por Lazezi Santillán

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